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Cuenta Don Antonio Mas Listo - el más célebre y admirado de los pedantistas-, que el escritor Augusto López encontró en la librería Abadía de Málaga (aquella que en calle Comedias oferta, con especial cuidado y atención, un sinnúmero de libros usados), unos manuscritos que, a la sazón, ocupaban con desmesura varios estantes de la librería, amenazando con invadir los contiguos y convertirse en papelesca plaga; se interesó el escritor por aquellos pliegos de letra médica, apretada y menuda, y no pudo dejar de sorprenderse, tanto por la extensión desmedida como por el vocabulario, rimbombante y abarrocado. Esta combinación de caracteres ininteligibles y alambicada palabrería resultó ideal para el gusto perverso y la ocupación ociosa que el escritor poseía a partes iguales: no dudó pues en dirigirse a Francisco Soler –el regente del jardín de papel-, preguntándole por cómo habían llegado hasta sus manos.
-Historia curiosa tienen estas historias; no sé si conoces al señor Benengeli, administrador de innúmeros inmuebles en el centro de la ciudad...
- ¡Cómo no! -respondió Augusto- La habitación que tuve en la Casa de Pandora, en la que ahora reside Gustavo Babieco, estaba a su cargo. Es fama entre los alquilantes que nunca se le escapa un deudor; yo puedo dar fe de esto, como todos los que han estado bajo su control.
- Pues ya es hora que ese prestigio mengüe un punto, que el redactor de estos papeles hace años que no paga sus rentas; al menos, no como se hace usualmente.
- ¡Cáspita! ¿A través de que ardid no conocido, con qué astuta estratagema, logra burlar al más serio y eficiente de los caseros malacitanos? ¿Cómo vence al invencible?
- Mediante el arma más olvidada y menos usada en estos tiempos: la sabiduría -dijo Francisco. Me cuenta Benengeli que, una vez al mes, en la visita preceptiva al más fiero de sus inquilinos, llegado el momento de solicitar el cobro de la mensualidad, le inunda con tantas razones, le seca con tantos argumentos y le baña en tantísimos considerandos, que persuade su mente y embriaga su espíritu, de resultas que por muy decidido que vaya a cobrar en metálico, acaba persuadido de recibir estos legajos, y aún se va más contento y satisfecho que si le hubiera pagado con diamantes.
- ¡Sopla! ¿Con estas letras paga los números...?
- Eso sí, una vez apagado el embrujo de las palabras y aquietado el influjo de tan curioso personaje, se desespera y promete no volver a caer en la celada; se encamina a mi librería, solicita mi comprensión y me pide albergue para los manuscritos, a la espera que pueda venderlos y sacarles algo.
- Ha de ser un valiosísimo texto el que tienes...-comentó Augusto, mientras lo hojeaba- ¿Has tenido la curiosidad de leerlos?
- ¡Y cómo, son un enigma encerrado en un cofre de siete llaves enterrado en un laberinto! - exclamó Francisco. No hay quien los atienda ni entienda.
- Oh, sería para mí un privilegio el intento de traducirlos a un lenguaje más asequible... ¿Puedo llevármelos?
- Sí, por favor; te deseo toda la suerte del mundo con ellos.
Termina diciendo Don Antonio que Augusto López se llevó los manuscritos, probablemente con la secreta esperanza de pagar con las traducciones su propio alquiler; y es creencia bohémica que así fue, y que el dibujante que se alió con él en tan pacífica guerra, Pío Vergara, sufragó sus viajes por Europa y sus travesías por el Río Verde del mismo modo.
En todo caso, gracias a los desvelos de estos dos artistas, ahora podemos disfrutar de las aventuras del Doctor Pedro Dante.
LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI.





1 comentarios:
Bravo, don Augusto. Bravo, don Pío.
Les ruego que no dejen de acompañarnos con sus gratificantes presencias. Y si me atrevo a pluralizar, creo no errar tampoco al asegurar lo mucho que disfrutamos con la criatura que nos ofrecen Ustedes al alimón. Que no decaiga ^_^
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