EN EL QUE SE NARRA EL ENCUENTRO ENTRE EL DR. P. DANTE Y MARCIAL EL COMERCIAL, QUE MOTIVÓ EL TROPIEZO DE SIMÓN TEDEORO CON MARÍA TRUENO, DE DONDE SE CONOCIÓ LA DESAPARICIÓN DE SU MARIDO, PACO EL COMPU.
Esta agradable conversación, mantenida ab imo pectore, se infartó bruscamente por la irrupción de un triposo y truhanesco tropel de tremebundos trajes, teñidos con el amarillo más gritón del universo mundo, portados por sonrientes sujetos de nariz clownesca roja y corbata verde, aderezada con lunares naranjas; tal derroche de colorido sin sentido, sólo podía obedecer a un motivo, que pronto Efraín dedujo:
- ¡Una nueva campaña de publicidad nos ataca, P.! Corramos presto a guarecernos de ella, que pronto ha de empezar el chubasco de octavillas.
Con celeridad, buscamos el paraguas de algún bar que, contra modas y ediles, a fuer de ser canto y peña en las arenas bebedizas de nuestros días, aún permaneciera en la Plaza de la Merced. Mi primer y único pensamiento -con el que Efraín coincidió plenamente-, fue resguardarnos en Casa Pepe, genuina y helénica ekklesia del buen gusto, antagónica de la romana y estratégica publicidad, que con persistente pericia, todo lo conquista y posee1.
No pudo ser; a la puerta del Casa Pepe, apostábanse dos seres multicolores, provistos de abundante munición promocional. Nos asaltaron sin remedio, informándonos del prístino privilegio que suponía vivir en el residencial “El Edén del Chaparral”, en chalets adobados al gusto de la vida moderna, primorosamente dispuestos en latisardinadas hileras, al miédico precio de cuarenta años de trabajos forzados.
- Si no me lo impidiera el sentido común, sería la edad la que me haría huir de contrato tan leonino, le dije a uno de los anuncios parlantes.
- ¡Oh, eso no es problema! -me respondió sonriente-, Puede dejarle la hipoteca a sus descendientes. Con nuestro sistema Todo queda en casa, ellos mismos pueden actuar de avalistas de su segura inversión. Inversión, señor, que, a cada minuto que hablamos, crece.
- Aún no tiene diez años la mayor de mis futuras herederas, mi sobrina Teresa, repliqué.
- Tampoco presenta inconveniente esa cuestión: a su sobrina le avalarían sus padres, y sus padres serían avalados a su vez por el inmueble que usted adquiere. La familia unida por el préstamo hipotecario líder del mercado, ¡ése es nuestro lema!
Suspiré, y conteniendo mis modestos conocimientos y saberes sobre técnicas persuasivas -pues soy enemigo de asiáticas conferencias e íntimo amigo de la palabra justa y el discurso aticista2-,le dije:
- Verá, joven; conozco diecisiete formas de desmontar su astuto silogismo, pero no será necesario acudir a la lógica, si no a la vista: ¿No ha reparado usted en mi indumentaria desgastada, los ancianos zapatos, el vetusto pantalón? Soy el más pobre de los ígnaros, amigo; mi único tesoro y felicidad son cien hatillos de libros imprescindibles y un asiento libre en una biblioteca. No soy propietario de nada, tan sólo de mi tiempo, y voto a bríos, que me lo estáis robando con desmesura... Os rogaría que uséis el vuestro en convencer a alguien menos impropio y más adinerado.
Estas aceradas y acertadas sentencias parecieron condenar a un súbito y gratificante silencio al nuevo súbdito de mis razones, que no supo responder. Fue en ese momento cuando, abriéndose paso entre la mesnada publicitesca, apareció mi viejo amigo Marcial, Titán del comercio y Rey del País de los Labias.
- ¡P. viejo zorro! Envié contra ti al mejor de los míos, sabedor que iba a aprender bien y pasarlo mal... ¿Cómo estás?
Mi respuesta fue interrumpida au commencement por una cascada de sucesos repentinos que, de precipitados que fueron, oblíganme a hacer un notable esfuerzo para que no se pierdan los admirados admiradores de ésta mi historia en este inusitado lance; y es que, cuando Marcial se dirigía hacia mí, con la natural distracción de quien avanza hacia un amigo hace tiempo sin ver, acertó a pasar por delante suya Simón Tedeoro, que a su vez, hacía tiempo que no veía a Efraín y quería saludarlo; y el esquivarse ambos fue reconsiderar sus respectivas trayectorias, con tal fortuna que Marcial cayó en mis brazos, y Simón tropezó con una mujer que, fuera de sí, iba buscando -al igual que Diógenes- un hombre con las negras linternas de sus centelleantes ojos, diciendo:
- ¡Paco, Paco! ¿Dónde estás?
La confusión fue notable, aumentada por el hecho de que, al tropezar Simón y la mujer, dieron de bruces contra el suelo. Pronto se reunieron en derredor los coloridos comerciales, componiendo un extraño cuadro. La mujer quiso levantarse en seguida, más movida por seguir con la búsqueda de Paco que por el apuro de verse en tal trance. Sin embargo, Simón la aferró con fuerza, y le dijo:
- María, mujer ¿no me conoces? Soy Simón, vuestro amigo ¿Qué le ha ocurrido a Paco?
Aquellas palabras parecieron despertar de su letargo a María; miró fijamente a Simón, y tras prorrumpir en un sentido suspiro, dijo:
- Me lo han robado, Simón ¡Me lo han robado!
Y todos los presentes nos unimos en respetuoso silencio al suave llanto que emanaba de los ojos de María.
1Si bien desde el Nuevo Testamento el término “Iglesia” se ha mantenido en las lenguas romances con el significado original en griego, Ekklesia, “reunión del pueblo”, en latín, Ecclesia es una estrategia militar de origen romano, de largo plazo (generalmente 5 años), que consistía en reclutar a los oficiales retirados del ejército a quienes se les llamaron "misioneros", con la finalidad de tomar posiciones estratégicas en las ciudades o reinos que se deseaban. Los misioneros eran abastecidos de métodos, herramientas y dinero para el cumplimiento de la misión; éstos se mudaban a la ciudad o reino (objetivo de invasión) con sus familias, uno por uno, con el objetivo de infiltrarse en la civilización y gobierno del objetivo de invasión. Terminado el plazo, deberían haber permeado todas las estructuras de gobierno: militares, policiales, económicas, educacionales, culturales, religiosas y de salubridad (acueductos, alimentación). Cuando el ejército romano se acercaba para invadir la ciudad o reino; la alarma provocaba que los misioneros se declarasen como tales y se verificaba que el comandante de ejército, sus jefes policiales, sus acueductos, sus finanzas y tesoros estaban bajo control de los mismos misioneros romanos. Esta estrategia militar de largo plazo, evitaba los combates, la muerte de los soldados romanos, la destrucción de la ciudad y la convertía en un rápido generador de impuestos para el imperio. Artículo extraído de wikipedia.org (Nota del T.)
2Se refiere aquí el autor a los dos estilos discursivos de la oratoria romana, convertidos en hecho tópico en la retórica clásico medieval: el asiático era de formas barrocas, períodos largos y profusión de adjetivos y citas; el ático, en cambio, era austero, sobrio y buscaba la expresión mínima (Nota del T)




2 comentarios:
Pardiez, esto se pone feo. Va tener usted que salir corriendo en pos de Paco para salvar el alma de esta señora y, ya sea dicho de paso, el mundo.
¡Ánimo y no desfallezca!
(y no tarde tanto)
Y parece además que el último grito de tales mesnadas es, precisamente, sumar a su comprometida apariencia algún estribillo musical que previamente nos han impelido a aprender a través de anuncios televisados, radiados o movilizados.
Me sumo a la indignación generalizada que desata sin embargo episodios tan amenos, no sin antes dejar de mencionar que a lo largo del clásico y extenso cómic nipón "Kozure Okami" (El lobo solitario y su cachorro), se hace amplia referencia al -y estudio del- equivalente asiático de los "misioneros" descritos, denominados "hierbas" debido al arraigo y lento crecimiento al que debían someterse en el seno de la comunidad asignada; tarea que podía muy bien abarcar generaciones enteras y exigir igualmente la mayor fidelidad y eficacia llegado el momento.
Me despido una vez más con un dulce sabor de boca, el cual hallará sin duda prolongación en el quinto episodio de tan afortunada prosa.
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