QUE TRATA DEL DIÁLOGO QUE ENTRETEJIERON, DURANTE UN PASEO POR LA MÁLAGA FINIMILENARIA, NUESTRO CONVIDADO PROTAGONISTA Y SU MAGNÁNIMO CONVIDADOR, EFRAÍN CASAPARTE. ASÍ MISMO, SEÑÁLASE EL SUBLIME MOMENTO EN QUE EL DR. P. DANTE -PONTÍFICE DEL ARTIFICIO, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS Y MONARCA DE LA MODESTIA-, DECLARA EL AMOR COMO LA MÁS BELLA DE LAS ARTES.

Los ojos parleros, las bocas callando, íbamos mi compadre Efraín y yo, enmudecidos ante el prodigioso espectáculo que, urbes libérrimas y de costumbres tan relajadas como Málaga, ofrecen de contino a nuestros sentidos, habitualmente embotados tras intensas horas de estudio.
Y es que es tal el prodigioso desfile de variadísimas bellezas, de tal forma siembran las mujeres de esta bendita tierra la semilla de la hermosura, que recolectan piropos y cosechan admiración, ganando todos los premios de gracias y donaires.
Ocurrió que, al examinar con detenimiento las femeninas formas que por nuestra vera transitaban -realzadas por el más grácil caminar que imaginarse pueda-, recordé mis conocimientos de escultura clásica, no dudando un ardite en comunicárselo a mi embobado amigo:
- Efraín -le dije-, ¿No crees que si los vestigios de la Edad Antigua desapareciesen del mundo, habría en nuestra ciudad innúmeras réplicas en carne y hueso, con las que reconstruir tan felicísima época?
- Mira qué culo, P., fue la respuesta de Efraín.
(Aquí he de avisar que el sabio ha de saber condescender con las fortísimas debilidades que asolan a los menos preparados, y mostrarse comprensivo antes que aprensivo, conciliador en vez de sermoneador)
- Tienes razón -argumenté-, que no ha de ser sino una descendiente en línea directa de Aspasia de Mileto, la compañera de Pericles, de arrebatadora belleza y sublime inteligencia, que prestó su talle a la imagen de Venus que en Atenas moraba.
- Joder, P. -respondió Efraín-, a todo tienes que sacarle una cita... Eres único.
- Sólo soy una pobre esponja en el rico mar de la sabiduría, mon ami.
- Escuchándote, pareciera que hubieras absorbido los cinco océanos terrícolas y los veinte lagos lunares. Dime, P.; ¿qué motiva tan enjundiosa y envidiable ansia de saber? ¿Qué afán te mueve, con desmedido denuedo, a leer libro tras libro, sin tregua aparente ni merecidísimo descanso?
- El amor-, respondí sencillamente a mi curioso camarada.
- ¿El amor?-, repitió Efraín, sorprendido.
- Hubo un tiempo y un lugar donde mi espíritu siempre quiso vivir: la Occitania del siglo XIII. En tan dichosa época, imperaba la dulce autoridad del amor cortés, del que sin duda habrás oído hablar.
- Algo he escuchado, pero temo que no lo suficiente.
- ¡Qué siglo el nuestro tan loco, tan poco enamorado del amor! -exclamé apresumbrado-, vivimos tiempos descreídos, Efraín; nadie quiere escuchar las múltiples verdades del Universo, sólo la única mentira del dinero... Distintas eran aquellas gentes, que basaban su quijotesca existencia en el amor más ardiente que imaginarse pueda; la humildad, la cortesía, el desinterés, la utopía y el secreto llenaban de gozo sus plenísimas vidas. Si surgía algún conflicto o querella entre amantes, las Corts d´Amour dictaminaban cabales sentencias.

- Todo eso suena muy bien -me rebatió Efraín-, pero... ¿había contacto carnal o era platónico?
- No era otro el objetivo del suplicante, llamado fenhedor, que llegar a ser amante, drut en lengua occitana. El goce sexual era el fin de doctrina tan sutil; se obtenía haciéndose mejor persona, merced a la serie de pruebas y mandamientos que la amada requería del fenhedor. El amor otorgaba prestigio, y conducía a conseguir el galardón, que es como nombraban al sublime momento donde los cuerpos se unían.
- Hermosa civilización la que describes; ruiseñores en vez de gallos cantarían en amaneceres tan gozosos.
- Con mis horas dedicadas al estudio es como intento humildemente revivirla, pues no es otro el deseo de mi dama: que vuelvan los tiempos corteses.
- ¿Y dime, de qué dama requieres el galardón...? No pasará esta tarde sin que me lo comuniques, P.
- Ya te hablé de la necesidad del secreto, Efraín. Antes morir diez mil veces, que nombrar el nombre de mi amada.
El ritmo de unas cadenciosas caderas nos sumergió en un conveniente silencio. Iba la muchacha con prisa, y no reparó en la golosura que despertaba en nuestra mirada. En su regazo, con estudiada dejadez, llevaba un tristísimo pliego acuartillado, que parecía llevar por título «JUGLAR».
- Me acabo de enamorar P. -dijo Efraín-, y creo que para siempre.
- El momento es eterno -le respondí-, pero el amor está más allá del tiempo.



5 comentarios:
Sigo deleitándome con esta historia, maestro Augusto. Mi más rendida admiración.
¡Ay qué tensión!
Señor P.Dante, nos tiene a todos en vilo desde ha tiempo en demasía, ruego a vuecencia que, cual hercules, renueve sus trabajos.
Este blog es dolorosamente pedante...espera un momento..P.Dante...ahora lo pillo!
Continúo hallando divertimento y asueto al hilo de este relato, pues cual asombrados Teseos internándonos en una dimensión nueva y desconocida, así sus palabras nos llevan gentilmente de la mano por la Málaga finimilenaria, a la par que nos permiten admirar el gracejo de sus deleitosas habitantes.
Deseoso de proseguir leyendo las andanzas de sus personajes, dejo aquí mi despedida y mis parabienes tanto al autor como al distinguido ilustrador.
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