jueves 10 de septiembre de 2009

El Doctor P Dante se hace novela

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Pedantistas del mundo:


Llevamos ya unos meses Pío y yo trabajando en "Las Aventuras del Doctor P. Dante, primera parte", novela que saldrá a la luz, si todo va bien, dentro de un año.

Esta novela contará lo que ocurre justo antes de lo que se narra en el blog. El material del blog servirá para el inicio de la segunda parte.

Os estamos muy agradecidos por vuestros comentarios y elogios, tanto a quienes seguís el blog como a los que leen las aventuras del doctor en la revista "mitad doble". Gracias de todo corazón por vuestro ánimo.

Toda persona que desee reservar un ejemplar de la novela, puede hacerlo escribiendo un correo a drpdante@gmail.com.

Seguimos en contacto.

Un fuerte abrazo,
Augusto López y Pío Vergara.

viernes 3 de octubre de 2008

Episodio duodécimo

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RECÓGESE AQUÍ EL FAMOSO DIÁLOGO DE LA PALABRA, JUNTO A ALGUNAS LINDEZAS RETÓRICAS.


La casa de subastas era tan extensa como sorprendentemente bien ordenada. Ajenas a la bulliciosa codicia que despertaban, dormían en innúmeros estantes cientos, miles, miríadas de objetos posibles e imposibles. Una simpática cocodrila alada nos preguntó qué buscábamos; tras darle cumplida descripción de nuestra demanda, nos condujo hasta el Estante de las Cosas Carísimas, donde el mapa ostentaba, para desaliento nuestro, el precio de salida a subasta de cuatro mil cuatrocientos cuarenta y cuatro euros.

– ¡Ojú con el mapita! – exclamó Simón.

– No había previsto un gasto tan considerable –dijo Marcial-, y mi tarjeta de crédito no cubre esa cantidad. Quizás, si reunimos todos nuestros fondos, podamos comprarlo. Siempre, claro está, que alguien no empiece a pujar por él y se torne inalcanzable.

– Podríamos robarlo, sugirió Luchacos.

– Mmm, no me gustaría ver las marcas de la dentadurísima de la cocodrila en mi brazo…, le respondió Marcial. No, habrá que pensar en otra cosa.

En este debate estábamos, cuando apareció Manolillo, el dueño de la casa. Montando un primoroso caballito de tiovivo, recorría la tienda, embutido en una llamativa camisa de lunares, a la par que derramaba su pregón:

– ¡Prueben mis productos, prácticos y profesionales! ¡Precios primorosos! Al buen comprador de estas fabulosas gangas, holgará infinitamente jalonar kilométricamente las mejores -nunca ñoñas-, oportunidades, para que resulte su tiempo único, valioso, xanádico y zalamero... ¡Entren y encuentren, damas y caballeros! ¡Lo más diverso del universo les espera!

– Ingenioso modo de pregonar su mercancía tiene Manolillo -dijo asombrado Marcial.

– Así es -le respondí-, que hilvanar una aliteración panvocálica con un abecé es hazaña heroica y honrosa, tan himalayesca como sobrehumana. Ha de ser, sin duda alguna, hombre de mérito y vendedor poderoso quien maneja de modo tan saltarín las palabras, por naturaleza caprichosas, libérrimas y tiranas.


Al escuchar esto, Manolillo refrenó su cabalgadura, y se dirigió hacia donde estábamos. Sonriendo como un smiley, exclamó:

– ¡Vaya, aún quedan clientes que aprecian mi perorata! Hay quien me tacha de trabalenguado y barroquillo, pero ¿qué sería de este faenoso oficio mío, sin el regocijo del retruécano y la chispa de las metáforas? Todo el día transcurre para mí dándole a la sinhueso, y es más por esta costumbre que por mi escaso talento que he desarrollado cierta habilidad en mi discurso, y aún así, es desaliñado y enmarañoso, que esto del bien hablar es como dejarse barba, y no basta que sea luenga, también ha de acicalarse, y yo en longitud salto como cualquiera, pero en retórica pulcritud soy hirsuto y abandonado, pues si mi placer es jugar con las palabras, mi negocio es vender, y es complicado solucionar satisfactoriamente ambas variables en la ecuación de todos los días.

– ¡Acabáramos, querido Doctor, que hemos encontrado a alguien que puede competir contigo en alambiques verbales y elixires gramáticos!, dijo Marcial.

– Los amantes sinceros de la palabra, amigo Marcial, no gastamos munición en balde ni gustamos de concursos ni piques; tan escasos somos que, en reconocimiento y presencia de otro como nosotros, la alegría es el único sentimiento que nos embriaga, y antes hablamos como amigos aquejados del mismo y dulce padecimiento que como enemigos, pues poquísimos tienen nuestros síntomas y rara es nuestra dolencia, y es gran consuelo y gocísimo remedio saberse un poco menos sólo en este mundo mentecato, donde ser ignorante es un título y pretender serlo la más aplaudida de las aspiraciones.

– ¡Qué razón tiene, estimado Doctor! –exclamó Manolillo-, más penitencia que placer recoge quien profesa la religión de la palabrería, y sin embargo, nada hay más munífico ni enriquecedor; y no deja de ser curioso que, estando al alcance de cualquiera, casi nadie quiera ser un poco mucho mejor, pues demostrado queda al punto que discurro mi limitada agudeza -más proclive al entretenimiento que al entendimiento-, y si parloteo graciosamente no es porque sea una lumbrera, si no porque pretendo alumbrar mi sesera, y lo que haya podido avanzar en el manejo palabreril es fruto de frías noches de estudio al abrigo de libros ilustres: que lo que Dios no da, Cervantes lo presta.

– Así es la palabra, maese Manolillo -le respondí emocionado-, el más grato perfume de este mundo ingrato y resfriado, semilla que brota en bocas y manos, germina en ojos y oídos y florece en los corazones. Por ella, buenas son renuncias y penitencias, agradables resultan afanes y deshoras, provechosas las vigilias y soñadores los desvelos.

– ¡No puedo menos que subrayar con mi admiración tan atinadas palabras!, exclamó Manolillo.


Pareció que iba aquí a terminar el encuentro, pues otros clientes llamaban la atención de Manolillo, deseosos de regatear con él o subastear bajo su dirección. Cuando inquieto, disponíase el caballito a levantar el vuelo, dijo Marcial:

– ¡Hermosa es tu disertación, P., pero incompleta! Mi profesión de publicista y mi remunerada afición a escribir arengas políticas me han mostrado el lado más inquietante del poder de esta Señora, capaz de grandes logros, sí, pero al mismo tiempo, hacedora de opresores y alcahueta de embusteros: y es por eso, me parece a mí, que como las fieras hambrientas, anda presa en las bibliotecas, donde sólo beluarios experimentados saben cómo apaciguarla y dominarla, para desdicha de muchos y tiranía de todos.

– ¿Y cómo, qué ahora la culpa es del botón y no de quien lo aprieta? -dije, ante la traviesa mirada de mi amigo-, ¿Es culpable la bala o quien la dispara, la espada o el inconsciente que olvidó el escudo? Justo por eso, querido pacompañero, habría de ser motivo obligado para la ciudadanía conocer la palabra y sus usos, ya que así se evitarían sus abusos, y nadie sería engañado, y cualquiera podría desenmascarar al fantoche, y aún reírse de sus intentos. Ay, Marcial, que los gobiernos ansían mini-lenguajes y sumisos súbditos; por ello, recurren tanto a la imagen y desprecian las letras, y así, si la persona que vota abriera libros y apagase televisores, su ciudad, su país y hasta el mundo sería libre, distinto y con muchas posibilidades de ser maravilloso.

– ¿Insinúas que en la lectura está la salvación? No puede ser tan sencillo, P., me dijo Marcial.

– ¡No lo insinúo, lo proclamo y lo pregono! No hay momento más libre ni tiempo menos arrelojado que aquel dedicado a la lectura, pues un libro acompaña la soledad, divierte a la par que enseña y educa sin dejar de entretener; habla sin boca y sin prisas, no pide nada y lo da todo. Mira además, Marcial, que libro y libre son palabras tan parecidas que se confunden, y no se puede hablar de lo uno sin que salga lo otro: porque quien ama los libros, está enamorado de la libertad.

Fue todo una vez concluir mi discurso y aplaudir Manolillo rabiosamente, dando a la par asombrosas piruetas, que mostraban su regocijo y entusiasmo al haber encontrado, en mi llana persona, un alma gemela y una lengua melliza. Mientras me abrazaba y estrechaba la mano, dijo:

– ¡Nada puedo negaros, Doctor! Vuestro alegato araña sin dolor, maúlla con fuerza y ronronea sin adormecer. Decidme, ¿Qué os ha traído hasta mi tienda? Tened la seguridad de alcanzar vuestro deseo sin mengua ni gasto alguno, que al que regala tantas verdades, preciso es obsequiarlo. Pedid sin remilgos, por favor; mi tienda y mi gratitud os pertenecen.